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Aunque la sobrevuela un monumento impresionante –las murallas renacentistas–, Eivissa capital no es una ciudad para presumir de arquitectura ni de finura urbanística. Ciertamente, contamos con un puñado de edificios singulares, pero más allá de los barrios históricos, el puerto y el entorno de Vara de Rey, podría afirmarse que Vila se ha expandido como una pústula. Ha engullido los campos del Pla de Vila y los ha sustituido por una caótica paleta de construcciones adustas, erigidas sin orden ni concierto y sin tener en cuenta al de al lado.

Nuestra idea de ciudad es radicalmente ecléctica, sin visión de conjunto ni el menor sentido estético, y lo primero que hace es desmentir el concepto de ‘Isla Blanca’, que algunos, por vergüenza, ya dejamos de emplear hace más de una década. El centro histórico, con honrosas excepciones, refulge encalado, pero por el resto de la urbe proliferan bloques de colorines, oficinas de cristal junto a anodinos pisos sesenteros, mamotretos ocres y marrones, y centros comerciales sin ingenio ni chispa. Si a Eivissa le hurtáramos el mar y lo antiguo, sólo nos quedaría una ciudad de segunda, mísera, aburrida y mesetaria.

En un paseo por sus avenidas apenas encontramos retazos que rompan con la monotonía del gris. En la contemporaneidad de Ignasi Wallis, por ejemplo, no descubriremos nada reseñable, pese a ser una de las principales arterias. Alberga, sin embargo, dos reliquias de la Vila extinta que, con un poco de imaginación, nos permiten rememorar la llanura despejada de antaño, con villas campestres aquí y allá, y la nada por delante.

La primera es una casita baja, modesta, minúscula y cuidada, en el 22, cerca de la confluencia con Bartomeu Rosselló. Una villa blanca, con su puerta de madera noble y sus persianas verdes, cuyas oquedades lucen enmarcadas en amarillo y las coronan frontones triangulares, mientras un friso punteado y una cornisa dibujada la rematan. De la impresión de estar siempre cerrada, como si viviera de espaldas al presente, pero el jardincillo tras la valla amanece siempre impoluto. Malvive a la sombra de un insípido edificio beig y de una manzana de cristal fuera de sitio y hasta de isla.

La segunda rareza aguarda poco más adelante, en la misma acera, y es una de las joyas arquitectónicas de Vila: la antigua fábrica de calcetines de Can Ventosa, de estilo modernista y fachada imponente, que desde finales de los años noventa alberga uno de los mayores espacios culturales de la ciudad. Esta condición, al contrario que el chalecito asediado, garantiza su continuidad.

Cuando se construyó Can Ventosa, en 1925, Ignasi Wallis aún no existía. Era una fábrica en las afueras, en unos campos conocidos como s’Hort d’en Carlets, al que todos los días acudían más de cien hilanderas; las primeras ibicencas que trabajan fuera de casa. Constituyó una pequeña revolución, pues hasta entonces las costureras de Vila sólo cosían a comisión por pieza terminada, en la intimidad de sus hogares.

En Can Ventosa, sin embargo, las obreras hacían turnos de ocho horas y eran las únicas que manejaban las máquinas de fabricar medias y calcetines. Los empleados varones sólo se dedicaban a tareas de mantenimiento y gestión.

Esta industria, la tercera en importancia de la isla tras las salinas y el puerto, la puso en marcha el empresario catalán Pere Ventosa y la continuaron sus herederos, aunque nunca generó grandes beneficios por el lastre de las deudas. Apenas duró 30 años, hasta 1956, cuando fue clausurada y las máquinas enviadas a otra manufactura mallorquina. Dos años más tarde la adquirió el ejército y la convirtió en almacén, economato y taller mecánico, entre otras funciones, hasta pasar a manos del Ayuntamiento en 1989.

Resulta sorprendente que en Vila lo extravagante sea a menudo lo antiguo en lugar de lo contemporáneo. Can Ventosa y ese minúsculo chalecito aledaño nos lo recuerdan a diario.

Artículo publicado en El Dominical de Diario de Ibiza. Es parte de mi ‘Imaginario de Ibiza’

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