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“De igual manera ha sido gran lástima el abandono de una almadraba que había en la punta de Puertas, para cuya defensa había una torre mandada reedificar por Fernando VI, así como otra en la isla de Espalmador, junto a Formentera, con que cruzándose sus fuegos, quedaban seguros almadraba y faro. Nada mejor dispuesto para semejante pesquería que nuestra isla, donde más de una vez se ha desperdiciado la sal por falta de empleo” (Fernando Fulgosio. Crónica de las Islas Baleares. 1870).

A esa colisión de corrientes en tierra de nadie, donde las olas se abordan unas a otras y aíslan La Savina cuando arrecia la tempestad, hoy la conocemos como Es Freus. Sin embargo, los poetas árabes del siglo XIII aludían a ella como Al Abwab (Las Puertas). Para aquellos marinos de la media luna, el desfiladero marino que unía el extremo meridional de Ibiza, entre Ses Salines y Es Cavallet, con el septentrional de Formentera, en la Punta des Trocadors, componía un enclave estratégico. Una ruta salpicada por una constelación de islotes alineados, tenaces escollos que tal vez constituyen el último vestigio del itsmo que pudo unir a las Pitiüses en la más remota prehistoria.

En la punta sur de Ibiza se yergue la torre más elevada de cuántas protegieron nuestro litoral frente a los piratas berberiscos. Este sistema defensivo fue concebido por la Corona Española en el siglo XVIII, aunque el origen de la de Ses Portes constituye una excepción. El dominico ibicenco Fray Vicente Nicolás dejó constancia de ella por escrito en 1620 y distintos historiadores coinciden en datarla en el siglo XVI.

Sorprendentemente, el objetivo de la primera torre de Ses Portes no era servir para otear el horizonte en busca de invasores o instalar piezas de artillería para proteger las salinas. Se fundó como salvaguarda de los pescadores que faenaban en este cruce de corrientes y en la única almadraba ibicenca de la época de la que se tienen noticias. Una función, por tanto, similar a las atalayas de piedra que se repartían por los campos del interior.

La etimología de la palabra “almadraba”, aplicada a este enclave, encierra cierta ironía. Proviene del árabe andalusí y significa “lugar donde se pelea o se lucha”. El combate, en este caso, no enfrentaba a flotas enemigas, sino a los marinos pitiusos con los atunes que se adentraban en el Mediterráneo en busca de aguas cálidas, tras una larga migración desde el Círculo Polar Ártico.

La técnica de la almadraba, aún vigente, se originó en tiempos romanos y era muy habitual en Cádiz, el resto de la costa andaluza, Murcia, Alicante y hasta en la isla de Tabarca. En Ibiza, por el contrario, apenas existen referencias. Consiste en situar dos barcos a cierta distancia, calando entre ellos una red superficial sostenida con un palangre. En ella queda atrapado el banco de atunes, que saltan sobre la superficie del agua sin poder escapar. Los pescadores seleccionan los ejemplares más grandes, los capturaban con arpones e izan a las embarcaciones. Algunos pueden superar los 200 kilos de peso.

La almadraba aún existía a mediados del siglo XVIII, cuando la torre de Ses Portes fue reconstruida para albergar una estructura de guerra, con dos plantas abovedadas unidas por una escalera de caracol. Abajo, almacén y polvorín. Arriba, la alcoba de los torreros. Sobre cubierta y a ras de cielo, los dos cañones que custodiaban el paso de Es Freus, cruzando fuego con los de la torre de Sa Guardiola, en el islote de S’Espalmador.

De aquellos pescadores de la almadraba nos queda como recuerdo el pequeño núcleo de casetas varadero que se arremolinan a los pies de la torre, en este apéndice pitiuso bañado por unas aguas tan claras que estremecen.

Artículo publicado en El Dominical de Diario de Ibiza. Es parte de mi ‘Imaginario de Ibiza’

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