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Hace unos días, en una tertulia de sobremesa, un amigo me preguntó cuál era la polémica más surrealista sobre la que había escrito en esta columna. Fui incapaz de contestarle de sopetón, ya que Ibiza, de un tiempo a esta parte, experimenta una época tan convulsa y extravagante, que acaba proporcionándonos a los articulistas una cantidad ingente de munición intelectual. Hoy, precisamente, se cumplen 100 martes desde que arrancara esta tribuna; la excusa perfecta para hacer memoria, rebuscar entre la propia hemeroteca del disparate y tratar de ofrecer una respuesta meditada.

La primera situación grotesca que me viene a la cabeza es la consulta ciudadana que proponía el empresario Abel Matutes, para que los ibicencos se pronunciaran a favor o en contra de que su grupo construyera un hotel de lujo en el faro de sa Conillera. Aquel esbozo de referéndum resultó tan rocambolesco que incluso fue caricaturizado por el anterior presidente del Consell, Vicent Serra, de la misma cuerda política que su promotor. Un sorprendente giro en el que el exministro se nos reveló como el oráculo de la democracia participativa. Por desgracia, la fiebre se le pasó pronto y ya no ha querido preguntarnos por nada más; incluida la estrambótica pantalla que ha instalado en Platja d´en Bossa.

El mismo entorno empresarial, junto con demás beach clubs y discotecas que ejercen de comparsas en la Asociación de Ocio de Ibiza, alumbró otra genialidad que nos dejó tentetiesos: la imposición de una moratoria de salas de fiestas, que impidiera la apertura de nuevos negocios, pero sólo a los empresarios foráneos. Obviamente, ninguna institución se los tomó en serio. Lo paradójico es que buena parte de los socios de este club no vienen a ser, lo que se dice, oriundos de la payesía. Este colectivo y su némesis, la Asociación de Empresarios de Salas de Fiestas y Discotecas, siempre nos proporcionan más risas que el club de la comedia.

Desde un punto de vista meramente político, el momento más hilarante lo vivimos con la crisis de los WhatsApp, que acabó finiquitando casi por completo al equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Vila, incluida la alcaldesa de rebote, Pilar Marí. Tras aquellos sonrojantes episodios, a muchos se los ha tragado la tierra. Inolvidables los diálogos socráticos vía SMS que nos desayunábamos todas las mañanas, en los que nuestros dirigentes se homenajeaban con delicatassen semánticas como «japuta». Al final, aquella crisis infecta se resolvió aupando a la alcaldía a la 14 de la lista del PP, Virginia Marí, que hasta entonces no había pisado el Ayuntamiento.

Pero el asunto que más incendió las redes sociales, más allá de nuestras reducidas fronteras, fue la famosa cuenta de un restaurante de la playa de Illetes: 337 euros por un gallo de San Pedro, una ensalada y una botella de vino corriente. Un clavo en toda regla que, paradojas de la vida, fueron a cobrarse a un crítico gastronómico. No llegó, eso sí, a generar los índices de visceralidad que provocó la aniquilación a tiros de las cabras de es Vedrà. La sociedad ibicenca se polarizó hasta el extremo de que, mientras unos eran burdos aniquiladores del frágil ecosistema del islote, otros se erigían en asesinos y torturadores de animales, sin término medio.

Ha habido otras muchas polémicas, pero más que esperpento nos infunden tristeza e indignación: las rave ilegales, los party boats, el incumplimiento sistemático de los horarios en las fiestas de apertura y cierre, las cacicadas en s´Estanyol y Tagomago, el lío del Cetis, la invasión de serpientes, la liberación de un vendedor ambulante en el retén de Sant Josep por una turba de compatriotas o la reciente subasta de las concesiones de playas. Sin embargo, una vez realizado este recorrido por la actualidad pitiusa más disparatada de los últimos 100 martes, me quedo con un claro vencedor: la bochornosa campaña ´Disfruta y respeta´, impulsada por el Ayuntamiento de Sant Antoni y el consulado británico, cuando aún ejercía de alcaldesa Pepita Gutiérrez.

Que un consistorio suscriba sobre sí mismo eslóganes como «Sant Antoni te puede costar la vida» o «tu noche de fiesta puede convertirse en una pesadilla», constituye una epifanía del surrealismo inédita en territorio ebusitano. Aunque los caminos del destino son inescrutables, esperemos no volver a alcanzar jamás tal grado de patetismo.

Artículo publicado en las páginas de Opinión de Diario de Ibiza

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