es-canaret,-casa-del-alemán

En el mundo existen tres arquetipos de individuos. El primero es el “hombre esencial”: autosuficiente, aferrado a la tierra y constructor del refugio en el que mora. En el extremo opuesto encontramos al “hombre insaciable”: se nutre de la voracidad de su propia ambición, delimita nuevas fronteras y levanta imperios con un ejército de individuos a sus órdenes. Y en un punto equidistante del abismo que los separa, el “hombre introspectivo”: poliédrico, cómodo en el territorio de la metáfora y la abstracción, y capaz de navegar entre dos aguas. Atrapa la autenticidad del “hombre esencial” y la transforma en producto de consumo para deleite del “hombre insaciable”.

En la costa norte de Ibiza, camino de Portinatx, tras un laberinto de caminos polvorientos, aguarda un enclave de belleza sobrecogedora, cuyo reducido espacio conserva la huella de los tres paradigmas del hombre. Antaño se llamaba Cala Xarracó o Canaret de Xarracó. Hoy lo conocemos como Es Canaret o la Cala del Alemán.

El “hombre esencial” fue el primero de la tríada en habitar esta porción de paraíso. Se llamaba Bartomeu Torres, Marçà, y poseía los terrenos que envolvían la playa. Xomeu vivía a gusto en su soledad, cultivando vides y una huerta en los bancales que acondicionó junto a la orilla. Los regaba con el agua de una fuente cercana. También criaba gallinas y conejos en el cercano Illot des Canaret y salía a pescar a diario, a bordo de su modesta embarcación.

Cuentan que a Xomeu le gustaba tanto su pequeño universo, que a menudo se le hacía tarde y acababa durmiendo en una cueva del acantilado, donde también hacía el vino cuando despuntaba el otoño, almacenaba los aparejos y cocinaba si tenía hambre. Xomeu no parecía condicionado por la austeridad de su aposento; todo lo contrario, en ella se sentía en su elemento.

A Xomeu le sucedió el “hombre insaciable”, un adinerado teutón llamado Siegfried Otto, capitán del ejército alemán en la II Guerra Mundial. Tras la contienda, Otto impulsó la multinacional Giesecke & Devrient, con sede central en Munich, que presidió casi el resto de su vida. Antaño imprimía marcos y hoy estampa euros. En los años sesenta, el alemán llegó a Ibiza rebosante de billetes, en busca de su edén particular, y acabó adquiriendo la huerta de Xomeu a sus herederos.

En contraste con la rudimentaria existencia del ibicenco, Otto construyó una mansión colosal, con muros de piedra hasta el mar recortados con tiralíneas, casetas varadero de idénticas calidades, una vistosa torre blanca que refulgía entre los pinos –ahora extintos por el incendio de Benirràs de 2010- y unos jardines de ensueño, con un césped tan verde como el de la campiña irlandesa. Otto se pasó buena parte de sus estancias pitiusas tratando de cerrar el paso a los escasos bañistas que caían por allí y buscando que las autoridades le concedieran la privatización absoluta de la playa, lo que milagrosamente no logró. Pese a sus reiteradas insistencias, tampoco le concedieron autorización para ser enterrado en el jardín y sus restos descansan desde 1997 en el cementerio de Sant Joan.

De moldear esa radical transformación del espacio se ocupó el tercero en discordia, el “hombre introspectivo”: Germán Rodríguez Arias. El famoso arquitecto erigió la fantasmada germánica con suficiente discreción y buen gusto como para que el mamotreto no nos hiera la vista hasta el extremo en que podría haber ocurrido. No obstante, Rodríguez Arias, además de fundador del GATEPAC con Josep Lluís Sert y Ricardo Churruca, profundizó como nadie de nuestro país en la arquitectura popular de la isla. En sus tiempos del exilio, el poeta Pablo Neruda lo llamaba el “chilibicenco” pese a ser catalán.

La cala, en definitiva, no sólo constituye una conjunción única de las personalidades del hombre, sino una ilustrativa metáfora de la evolución que ha experimentado la propia isla: pudo haber sido mucho mejor, pero también rotundamente peor.

Artículo publicado en El Dominical de Diario de Ibiza. Es parte de mi ‘Imaginario de Ibiza’

Déjanos tu comentario