La polémica Cetis no sólo no se aclara sino que parece haber entrado en barrena, absorbida por un agujero negro de sinrazón que engulle todo atisbo de lógica. El asunto ha degenerado en una campal batalla política donde intervienen, además de intereses particulares, un entramado de egos y altas dosis de tozuda determinación. A la posición cerrada del Consell, dispuesto a llenar de autobuses la ya de por sí congestionada ciudad, y a la postura enrocada de la gestora, que no mueve ficha, se suma ahora una excéntrica propuesta del Ayuntamiento que, más que aportar, induce a la carcajada o al llanto, según se mire.

El Consistorio amenaza con aplicar la Ordenanza de Circulación a todo conductor de autobús que baje “más de dos minutos” de su vehículo, mientras permanezca estacionado en alguna de las paradas callejeras que quiere imponer el Consell. Superado este tiempo, será sancionado por estacionamiento indebido.

Si el chófer tiene necesidad de ir al baño, más le vale cruzar los dedos para que los servicios del bar más próximo estén libres. Si no, multa al canto. Esta estrategia propia de Mortadelo plantea otros interrogantes esenciales: ¿Cómo controlará ese tiempo el Ayuntamiento? ¿Enviará policías locales equipados con cronómetro a las paradas? ¿Instalará temporizadores en los urinarios de las cafeterías? ¿Se nos escapa alguna teoría de mecánica cuántica que determine que un autobús estacionado congestiona menos si el conductor se queda dentro?

Esperemos que los agentes municipales exhiban idéntica clemencia ante el resto de ciudadanos que estacionen en doble fila “un máximo de dos minutos”, para ir al cajero o a recoger los niños del colegio.

Las dosis de exageración y manipulación en relación al Cetis no tienen parangón. Recordemos que el presidente del Consell calificó la nueva estación de “indigna” y aún seguimos en ascuas respecto a los argumentos que justifican semejante calificativo. Ahora, su vicepresidente también ha querido aportar su granito de arena, al apuntar que no entiende “que los técnicos digan que más paradas de autobuses pueden crear colapsos de tráfico” y añadir que “en cualquier ciudad, como Palma o Barcelona, hay carriles bus”.

Al señor vicepresidente se lo podemos explicar usando el viejo método de Barrio Sésamo, simple pero efectivo: si tenemos una cajita repleta de canicas y de pronto introducimos pelotas de tenis, el recipiente se desborda. Un sencillo problema de visión espacial.

En cuanto a los carriles bus, efectivamente son práctica habitual en las grandes ciudades. Pero Eivissa, de momento, no merece esta calificación y menos con paradas callejeras en lugar de estación. En las capitales, estos carriles ocupan amplias avenidas con anchura suficiente para separar el transporte público del resto de vehículos. Si ahora nos planteamos construir un carril bus que atraviese la ciudad, primero habrá que demoler unos cuantos edificios para hacerle sitio. Aún así, si nuestro número dos se fija bien, observará que por el interior de estas urbes sólo circulan los autobuses de transporte interior. Los interurbanos cuentan con estaciones anexas a las vías de circunvalación, donde cargar y descargar pasajeros sin congestionar el tráfico. En fin, unas estructuras bastante parecidas al Cetis.

Lo dicho. Que, a partir de ahora, policías con cronómetro y expropiaciones para hacer hueco al carril bus. Eivissa requiere medidas desesperadas.

Artículo publicado en el diario Última Hora Ibiza

2 Responses to “Medidas desesperadas”

  1. Politics, gestió patètica, com sempre, per tot, i en casi tot.
    Xescu, molt bon análisis, com sempre.

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  2. Gràcies, Joan…

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