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La semana pasada tuvo que ser rescatado a medianoche un turista que fue nadando hasta es Vedrà. Quería imponer sus manos sobre el islote y recibir la energía que emana. A él la proeza le dejó tan exhausto que ya no tuvo fuerzas para volver. A mí me hizo recordar algo que, entre tanta polémica y bronca social, había olvidado: aún hay gente que cree que Ibiza tiene magia.

En el albor del verano, Vicent, un conocido de las redes sociales, se lamentaba vía Facebook que, aún estando de acuerdo con buena parte de lo que se publica sobre los desmanes que asolan el archipiélago, no entendía por qué se hablaba tan poco de los aspectos positivos. Traté de recoger el guante y reducir el tono crítico, pero cada vez que abría el periódico se esfumaba el propósito de enmienda.

Imagino que el nadador místico también ha ido a alguna de nuestras playas más famosas y supuestamente paradisíacas. Allí, en lugar de las aguas turquesas que esperaba, se ha topado con un caldo verdoso y opaco, un hamaquero malencarado y el estruendo del beach club de turno. Probablemente también ha tratado de contemplar la puesta de sol y ha acabado llegando con la noche cerrada por el atasco. O ha tenido que esquivar una procesión de borrachos o una muchedumbre de vendedores ambulantes, y le han pegado un clavo en un chiringuito que le ha dejado con el presupuesto tiritando. Incluso puede que se haya colgado la mochila al hombro y, con la canícula, se haya ido a pasear por el campo hasta que un paisano le ha advertido que está infestado de serpientes. Quizás ha descendido hasta una cala perdida para acabar encontrándose una party boat o un espabilado que, previo pago, prepara paellas multitudinarias en su caseta varadero.

Pero, al mismo tiempo, ha descubierto un chiringuito de gente amable, donde le sirven un pescado fresco al precio que corresponde, y de paso le recomiendan un par de rincones tranquilos y paradisíacos junto al mar o alguna terraza donde tomarse una copa mirando las estrellas, que en Ibiza brillan como en ningún otro cielo. O se ha comido un trozo de coca amb pebreres mientras contempla el ball pagés junto a un viejo manantial y ha aprendido sus primeras palabras en ibicenco.

Si el nadador místico es además de turista habitual un observador avezado, también habrá descubierto que este verano ha prendido una llama; que se ha iniciado un cambio profundo en la sociedad pitiusa. Los ciudadanos han comenzado a movilizarse en serio contra los abusos de aquellos que pretenden privatizar la costa, aunque sean poderosos. Incluso han ido de la mano con las instituciones para tratar de impedir que el interior de la isla quede sembrado por nuevas torres de alta tensión.

Las administraciones también han dado los primeros pasos para evitar fondeos incontrolados sobre la posidonia y limitar el acceso a las playas, con el objetivo de evitar las aglomeraciones y proteger la naturaleza, que es el mayor patrimonio que tenemos. Hasta hay ayuntamientos que ya no conceden licencias para nuevos beach club y hoteles-discoteca y otros que prohíben a las salas de fiestas que nos llenen los coches de pegatinas. Aunque muy lentamente, es incontestable que una nueva corriente va calando en la sociedad de Ibiza.

La historia del nadador místico nos sirve además para reflexionar sobre la importancia de seguir atrayendo a la isla a gente como él, y así equilibrar la balanza entre locos y cuerdos –soy plenamente consciente de estar poniendo como ejemplo de cordura a un tipo que braceó hasta es Vedrà por su energía–. Este verano también se ha hablado mucho de renunciar a promocionar Ibiza desde las instituciones, ya que la isla está saturada y sobra gente a raudales.

Sin embargo, pienso que lo que hay que hacer es justamente lo contrario. La imagen de Ibiza que se mueve en el mundo la orquestan precisamente los mayores abusadores del territorio, con sus potentes herramientas de marketing. Y nada tiene que ver con la Ibiza real que amamos quienes vivimos en ella. Las únicas que pueden contrarrestar este efecto son las administraciones. Eso sí; reorientando sus campañas. En lugar de ofrecer la habitual imagen trasnochada de paraíso hay que inspirar respeto hacia el territorio, las costumbres y los ciudadanos. Sólo así nos seguirán llegando nadadores místicos, en lugar de macarras millonarios que dejan montones de dinero en locales de cartón piedra, mientras repudian la auténtica Ibiza. El turismo de calidad ya no se mide en euros, sino en respeto.

Artículo publicado en las páginas de Opinión de Diario de Ibiza

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