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Los ibicencos vivimos nuestro momento perfecto –la cresta de la ola colectiva–, justo a medio camino entre la miseria de los tiempos pre-turísticos y el desasosiego de la saturación actual. Me refiero a aquel limbo mágico de los años 70 y 80, en los que la economía de la isla se desarrolló lo suficiente como para que las familias pitiusas no tuvieran que deslomarse en el campo de sol a sol, pero sin padecer aún los efectos secundarios de la presión demográfica y urbanística. Fue entonces cuando, pese a seguir firmemente enraizados en nuestras costumbres, comenzamos a disfrutar sin remordimientos del ocio y el entorno paradisíaco en el que habíamos tenido el privilegio de nacer.

A ratos, los isleños transmutábamos en turistas a nuestra manera y comenzamos a frecuentar el mar en familia, para algo más que pescar, ablandar esparto o refrescar el ganado. Los patriarcas acondicionaron las viejas casetas varadero como si fueran chalets en miniatura, para que pudiésemos disfrutar de largas jornadas playeras con todas las comodidades. Se incorporaron terrazas cubiertas, se ingeniaron literas abatibles y se adquirieron sillas plegables, hornillos de butano y un extenso inventario de enseres propios de la vida moderna.

Los domingos se convocaba a la familia en toda su extensión, con tíos, primos, abuelos y algún invitado extranjero que era el que más gozaba. Los hombres salían de pesca y las mujeres y los niños recolectaban cangrejos y lapas para enriquecer el arroz. Mientras se ponía a punto el sofrito, los chavales tragábamos litros de agua salada mientras nos ahogábamos unos a otros sin que milagrosamente se produjeran víctimas mortales. O nos lanzábamos al mar haciendo cabriolas desde las rocas más altas, ante la asombrosa indiferencia de los adultos, que no daban señales de inquietud ante la posibilidad de que alguno se abriera la cabeza, cosa de que de vez en cuando ocurría. Tras la paella, una rodaja de sandía y una siesta de dos horas, a la sombra del varadero.

Quienes fuimos niños entonces, conservamos recuerdos imborrables de esos veranos eternos, pero nuestro hijos ahora lo viven de otra manera. Aquel ambiente festivo ha ido perdiendo fuelle, sobre todo porque ya no actuamos por clanes sino como familias nucleares. El día a día se complica tanto que sólo cabe simplificar el fin de semana.

A uno de esos rincones abruptos de casetas varaderos, que aún conserva intacto todo el sabor, lo llevo contemplando toda la vida desde la distancia. Lo pisé por primera vez hace menos de un lustro, un día que exploraba la costa con la cámara colgada del cuello y me topé con el camino de descenso. Un rincón discreto conocido como Es Pujolets, frente a Cala Tarida y medio oculto tras el islote de Sa Sabata. Contrasta intensamente con la amplia playa que tiene en frente y constituye la perfecta metáfora de la dualidad de Ibiza: una orilla repleta, colonizada por hoteles, restaurantes y todo tipo de servicios y, al otro lado, una calita minúscula y recóndita con todos los extras que la hacen inconfundible: el ‘llaüt’ mecido por la corriente, los varaderos alineados al abrigo del cabo, un sendero que desciende serpenteando por los riscos, una ruta sin señalizar desde la carretera principal y el anonimato en los mapas. Abajo, agua intensamente turquesa, bancos de peces, una minúscula orilla arenosa y lo mejor de todo: otra cala aledaña, a los pies del precipicio, sólo accesible a nado.

Es Pujolets, como tantos rincones de la infancia, ya no es exactamente como antes. A veces hay mochileros con perros, lanchas en busca de aguas calmas y excursionistas de todo pelaje. Pero los domingos, cuando observas a las familias extender la mesa frente al varadero y disfrutar de una jornada con todo el sabor de antaño, percibes que el presente aún puede reconciliarse con el pasado.

Artículo publicado en El Dominical de Diario de Ibiza. Es parte de mi ‘Imaginario de Ibiza’

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