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En cuanto alcanza el rellano de Sa Drassaneta, Gwendoline acostumbra a detenerse para recuperar el aliento. De paso, farfulla consigo misma sobre las empinadas cuestas, cuánto le duelen las rodillas y lo vieja que se siente. A sus 85 años, remontar el Carrer Alt y Vista Alegre, sin acabar con taquicardia, constituye una pequeña proeza. Allí, en la cúspide del viejo arrabal, al pie del vértice afilado de Santa Llúcia, aguarda su morada. Es modesta, luminosa y blanca, y sobre todo suya. Tiene una cocina estrecha, una chimenea rinconera, una ducha a la que hay que entrar de lado y un estrecho balconcillo, desde el que contempla el trasiego de los barcos.

Nadie que la escuche chapurrear ese dialecto mestizo, cruce de ibicenco y castellano, aderezado con una catarata de galicismos y un enérgico acento alsaciano, sospecharía que Gwendoline ya lleva sesenta años en el barrio. Cuando desembarcó, en 1970, junto a su amado y corpulento Hervé, para pasar la luna de miel, nunca sospechó que aquel laberinto de plazas y callejuelas les atraparía para siempre.

En sus primeros tiempos en la isla, Sa Penya ya era un barrio venido a menos, con casas desconchadas y ratones campando por las aceras. Sin embargo, tras el filtro de inocencia con que ellos lo contemplaban, les parecía el colmo de lo pintoresco; una utopía hecha realidad. A consecuencia del desarrollo turístico, los marineros y los payeses que habían venido del campo fueron emigrando del barrio. La pareja no acertaba a comprender cómo podían sustituir sus casitas alegres, irregulares y escalonadas por las anodinas colmenas que proliferaban en el ensanche.

Gwendoline y Hervé se hicieron artesanos, instalaron un puesto en el puerto y, a los pocos años, ahorraron suficiente dinero como para adquirir el devastado refugio de una familia ibicenca que se mudaba. Mientras la ilusionada pareja rehabilitaba la casa con sus manos, aparecieron las primeras familias de raza calé. Al principio, la cándida pareja se sintió atraída por aquella vitalidad bullanguera que se adueñaba de las calles y llenaba madrugadas y atardeceres de rumbas y bulerías.

Sin embargo, arribaron más y más, y con el gentío, las drogas, el trapicheo y la procesión de ‘zombies’. Les forzaron la casa docenas de veces y les rompieron los cristales, el contador del agua y los nervios. No hubo año en que no estuvieran a punto de arrojar la toalla, pero pudo más la testarudez y al final acabaron ganándose el respeto de los clanes. No cambiaron de hábitos, pero ignoraron al gabacho gigantón y su esposa la flaca.

Se sucedieron lustros y décadas de desesperación. Pero, por fin, hace quince años, tras un rosario de conatos, fracasos y falsas promesas, las autoridades tomaron Sa Penya con una legión de policías y vaciaron la manzana de los traficantes. Después de este giro inesperado, la pareja se mantuvo escéptica, pero poco a poco, ladrillo a ladrillo, casa a casa, la normalidad fue retornando al barrio. La basura desapareció de las calles, los mamarrachos se cubrieron de cal y hasta algunos jóvenes ibicencos regresaron al barrio de sus bisabuelos.

Hace ya unos meses que Hervé se fue, pero lo hizo contento porque, cuando ya había perdido toda esperanza, Sa Penya volvió a ser la barriada bohemia de su juventud. Al restaurante japonés de Sa Drassaneta se sumaron bistros y pequeños cafés, y en las calles altas, más tabernas para los residentes, un colmado minúsculo y hasta una galería de arte. Hoy los supermercados incluso entregan la compra a domicilio y nadie les arroja piedras cuando suben por la rampa del Pintor Toni Cardona.

Cada vez que Gwendoline llega a casa, jadeante, y contempla la transformación que han experimentado las calles, se pellizca la mejilla para asegurarse de que no es un sueño. Si esta despierta o dormida, no lo sabremos hasta dentro de 15 años.

Artículo publicado en El Dominical de Diario de Ibiza. Es parte de mi ‘Imaginario de Ibiza’

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