el-gallo-de-la-discordia

La semana pasada las redes sociales echaron humo en España a raíz de un tuit que lanzó un turista indignado tras pagar la cuenta en un conocido restaurante de la playa de lletes. Le endosaron 337,35 euros por un gallo de San Pedro al horno para dos, una ensalada y una botella de verdejo corriente. Al poco de difundir una foto del ticket de caja, junto con un escueto comentario que decía “Tourist trap (trampa para turistas). Sin palabras”, miles de personas ya estaban viralizando el mensaje con un rosario de comentarios descalificativos. El miércoles, la historia ocupó un lugar destacado en la portada de la edición digital de El País y también fue objeto de broma por parte del seminario satírico El Jueves.

Obviamente, el restaurante es libre de cobrar los precios que considera oportunos, al igual que los clientes lo son para criticar aquello que consideran “abusivo”. En este caso, el “sablazo” se produjo a cuenta del pescado fresco, que el restaurante ofrece a “psm” (precio según mercado). Aquel día se tradujo en 153 euros el kilo. Como les sirvieron 1.450 gramos, el gallo de San Pedro superó ampliamente los 200 euros. El cliente, que es aficionado a la gastronomía y escribe sobre vinos en un medio de tirada nacional, también cuestionó el pesaje, aunque, como le sucede a todo el mundo, no tuvo ocasión de comprobarlo y no le quedó otra que confiar a ciegas en la honestidad del hostelero. Criticó, asimismo, que este rango de precios se aplique “en un chiringuito con mesas de plástico y servilletas de papel”.

El establecimiento se defendió argumentando que “no es un chiringuito” sino “un restaurante”, subrayó la libertad de los clientes para elegir dónde comen y justificó sus tarifas en la oportunidad de vivir la experiencia de comer en un sitio VIP, frecuentado por Paris Hilton o Robert de Niro.

La tarifa, en todo caso, prácticamente dobla la habitual de buena parte de los restaurantes de pescado de prestigio de la costa pitiusa –alguno en el mismo vecindario–. En consecuencia, lo mínimo exigible, como ha recordado la Dirección General de Consumo del Govern al hilo de esta polémica, es que el famoso “psm” esté bien identificado y adjunto a la carta, de forma que ningún cliente vuelva a sentirse estafado. El local ya se ha comprometido a informar siempre por escrito, algo que por otra parte es su obligación.

La historia del gallo de Formentera, en cualquier caso y aunque sea la punta del iceberg, no puede estar más de actualidad. Vivimos una época de saturación abrumadora que hace prácticamente imposible una convivencia normalizada en el archipiélago. Hay abusos sistemáticos de todo tipo y algunos suceden ante las narices de las autoridades, que frente a la maraña de intereses cruzados apenas actúan, salvo en los casos más descarados o cuando la alarma social se desborda.

A este respecto, me ha dejado noqueado una denuncia lanzada desde Podemos, en contra del “secuestro de las playas por parte de los negocios privados”, que explotan espacios públicos más allá de los límites de lo que permiten sus licencias.

Somos muchos los que llevamos años denunciando exactamente lo mismo. Lo que esperamos de un partido nuevo que alcanza el poder es que abandone las proclamas y pase a la acción. Para eso se gobierna. Al mismo tiempo, veo que al Consell Insular le han llovido críticas –no siempre negativas–, por plantear la posibilidad de limitar el acceso de vehículos a Ibiza. ¿Qué límite hay que superar para aplicar restricciones? Yo, cada vez que trato de incorporarme a la carretera, sólo experimento una creciente sensación de peligro y caos.

En los bares no se habla de otra cosa, con la única excepción del agua y la oleada de robos en chalets. La densidad del tráfico no sólo afecta a los residentes, sino que se traduce en una experiencia de lo más estresante para quienes nos visitan. Como editor de un portal de información turística sobre Ibiza, nunca me había encontrado con tal aluvión de comentarios negativos de amplio espectro: playas abarrotadas, calas perdidas repletas, tráfico insostenible, suciedad, ruidos, precios abusivos… En cuestión de dos o tres años, se le ha dado la vuelta a la tortilla. Ibiza es menos paraíso; más territorio caótico y agobiante; zona VIP en exceso.

Tras el debate suscitado por la idea de limitar el acceso a vehículos, el Consell pretende crear un foro para evitar que “Ibiza muera de éxito”. Bajo mi punto de vista, no hay que achantarse. Mejor dejarse de foros y centrarse en gobernar con ideas propias. La búsqueda de consensos imposibles únicamente constituye una pérdida de tiempo. El gallo de Formentera es un síntoma claro y determinante de que ya nos observan con otros ojos; con la mirada de quien ha dejado de querer.

Artículo publicado en las páginas de Opinión de Diario de Ibiza

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