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Los empresarios de Magaluf, esa localidad mallorquina de turismo de borrachera que compite con Sant Antoni por la corona del cutrerío, andan agobiados porque dos importantes touroperadores han decido extirpar de sus catálogos, como un tumor maligno, a los hoteles del lugar. La decisión, según aclaran los mayoristas, obedece a la mala prensa que últimamente envuelve esta zona de Calvià, al hilo de esas reprobables actividades acabadas en “ing”, como el ‘balconing’ o el ‘mamading’. El portavoz de la Asociación Hotelera de Palmanova y Magaluf, visiblemente preocupado, ha manifestado además que varios agentes de viajes españoles meditan seguir el mismo camino.

En paralelo a esta noticia, el conseller balear de Turismo, Jaime Martínez, se felicitaba por los resultados turísticos de la temporada y declaraba que, en su opinión, los acontecimientos del pasado verano en Magaluf “se quedarán en una anécdota”. Si tenemos que depender de las dotes clarividentes de Martínez, estamos listos.

Los saltos al vacío desde los balcones de los hoteles se vienen produciendo desde hace más de una década, pero el escándalo nunca había alcanzado las cotas de este verano. La polémica, por consiguiente, hay que atribuírsela sobre todo al famoso vídeo de las felaciones en masa en un bar de copas, que dio la vuelta al mundo a través de las redes sociales. Sant Antoni se ha salvado de milagro. Quienes conocemos la localidad sabemos que todas las noches, en el entorno de la playa de S’Arenal y en el West End, se producen escenas tan sórdidas como la de Magaluf. El día que una de estas secuencias se viralice, su impacto se sumará al de la prostitución callejera, el abuso de drogas y el rosario de borrachos tirados por el suelo y sus interminables vomitonas, que esta temporada han adornado y perfumado el pueblo como nunca.

Una buena amiga, con un hotel en la localidad, tuvo que ver este verano cómo un cabeza de familia de nacionalidad escocesa, cliente suyo, recibía una paliza de órdago ante su mujer y sus hijos por recriminar un empujón a unos borrachos británicos que a punto estuvieron de volcarle el carrito. El pobre hombre, al salir del hospital con la nariz rota y la cara como un mapa, se encerró tres días en la habitación del hotel, sin pisar la calle, a la espera del avión de regreso. Los niños aún conservaban el miedo en el rostro cuando subían al taxi camino del aeropuerto.

Ante este cúmulo de tensiones y situaciones insoportables, algo más de un centenar de vecinos de Portmany decidieron manifestarse por las calles de la localidad, hasta acabar frente al Ayuntamiento. Tras la convocatoria, el equipo de Gobierno que capitanea Pepita Gutiérrez les acusó de cometer “actos vandálicos”. Cuando uno escucha semejantes calificativos, se imagina las calles de Sant Antoni tomadas por la ‘kale borroka’: contenedores incendiados, coches volcados, lunas astilladas en las sucursales bancarias, mobiliario urbano arrasado, policías dando porrazos, docenas de detenidos… Los “vándalos” de Sant Antoni, sin embargo, se limitaron a hacer ruido con cacerolas y silbatos, proclamar consignas libres de insultos y pegar unos folios con celo en la puerta del Ayuntamiento. Exhibían una sola palabra: “Basta”.

La alcaldesa ha acabado pidiendo perdón por enésima vez. El consistorio ‘portmanyí’ tiene un problema de moderación verbal y clara tendencia a la exageración. Su mayor tara, sin embargo, es su reiterada incapacidad para lidiar con los problemas que agobian a los vecinos, y que se ha traducido –al menos que yo recuerde– en la primera manifestación de protesta ciudadana de la democracia pitiusa sin un motivo concreto, salvo la ineptitud de unos gobernantes a la deriva. Hemos visto concentraciones anti-prospecciones, anti-autovías y anti-parques naturales, pero jamás anti-personas.

El equipo de Gobierno de Sant Antoni está finiquitado. Esperemos que, como ya alertaba Joan Lluis Ferrer desde estas páginas, la crisis no se resuelva con otra cuadrilla de marionetas al servicio de los intereses del West End. Éstos, desde la sombra, son culpables de la mayor parte del desprestigio que va hundiendo a Sant Antoni año tras año.

Artículo publicado en las páginas de Opinión de Diario de Ibiza

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