Durante años, las autoridades responsables de promocionar Eivissa como destino turístico, así como empresarios del sector e ibicencos en general, hemos observado con honda preocupación cómo numerosos medios de comunicación de todo el mundo han vilipendiado la imagen de la isla, ofreciendo una visión sesgada y sensacionalista. En multitud de reportajes gráficos, documentales y crónicas radiofónicas, Eivissa ha sido descrita exclusivamente como el paraíso de la fiesta sin fin, los excesos, las drogas y el sexo.

Hace alrededor de una década, se comenzó a trabajar con tenacidad para lograr que esa imagen tan negativa y parcial evolucionase a otra más atractiva y real, donde primaran nuestros valores culturales y ecológicos. Poco a poco, se fue consiguiendo que incluso las combativas cadenas de televisión y los tabloides británicos entraran por el aro y comenzaran a intercalar, entre reportajes de discotecas y desparrame, contenidos más saludables: playas paradisíacas, paisajes de interior, patrimonio, gastronomía y otros valores que reforzasen nuestra visión de destino paradisíaco para familias y parejas.

Mientras las legiones de jóvenes fuera de sus cabales sigan ocupando las aceras del West End y otras zonas de la isla, se seguirán publicando crónicas negativas, pero hay que reconocer el esfuerzo realizado y los resultados alcanzados, pese a las limitaciones presupuestarias tan extremas que sistemáticamente nos receta Mallorca.

En paralelo a este avance en la política de comunicación, Eivissa ha experimentado una evolución en el modelo turístico, que ha atraído a una mayor cantidad de público de alto poder adquisitivo; un turista que demanda hoteles de cinco estrellas y restaurantes de lujo, alquila yates y limousinas y está dispuesto a pagar cifras infames por acceder a un reservado en una discoteca o a una tumbona ‘premium’ en un beach club. El sensacionalismo informativo, atraído por esta nueva realidad, ha derivado hacia una visión marbellí de la isla, donde el derroche y la superficialidad sustituyen a la borrachera perpetua.

Al principio, muchos pitiusos observaron el fenómeno frotándose las manos, pero lo cierto es que este cambio de imagen comienza a convertirse en un motivo real de preocupación. Si hoy por hoy una empresa de sondeos se pusiera a medir la percepción que los ciudadanos del mundo tienen sobre Eivissa, probablemente nos llevaríamos más de una sorpresa. Observaríamos, por ejemplo, que cada año que pasa se multiplica el número de personas convencidas de que nuestros precios se han disparado y que ahora incluso son prohibitivos. A la hora de planificar una escapada, muchos incluso nos descartan sin pararse a observar, mediante una simple búsqueda en Internet, cuáles son nuestros precios reales.

En el mercado nacional, la fama de cara de Eivissa aún está más extendida y a ello han contribuido significativamente ciertos documentales televisivos, reprogramados hasta la saciedad, en los que se exhiben las grandes familias hoteleras, reivindicando el potencial del turismo del lujo y presumiendo de los enormes beneficios que éste genera.

Pero la realidad, no nos engañemos, es que el turismo de lujo no representa más que una ínfima parte de las plazas hoteleras de la isla y el resto depende de la clase media. Eivissa compite en precios frente a otros destinos con índices de calidad parecidos, pero cada vez menos clientes potenciales lo perciben así. Parece innegable que estamos ante un nuevo reto de la marca Eivissa. Como ya se hizo hace una década, habrá que empezar a trabajar para solucionarlo.

Artículo publicado en el diario Última Hora Ibiza

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