Esa popular frase que antaño pronunciaban las madres y que aseguraba que “lo barato sale caro”, contiene altas dosis de experiencia y no poca sabiduría. El equipo de Gobierno de Sant Antoni ha tenido ocasión de constatarlo reiteradamente, desde que partió peras con la editorial leonesa que editaba sus programas de fiestas y que se caracteriza por una política comercial tan expeditiva que parece surgida de Los Soprano.

Esta empresa se dedica a editar, de forma gratuita, revistas, panfletos y gacetillas para cientos de instituciones públicas, empresas y asociaciones de todo el país. A cambio, gestiona la publicidad y se queda con los beneficios que esta proporciona. Es posible que la concejala de Fiestas, Lidia Costa, renunciara a los servicios de esta editorial por una cuestión estética –los trabajos de MIC no pasarán a los anales del diseño gráfico–, o, sencillamente, se tomara la decisión de encargar el trabajo a una empresa pitiusa. El caso es que el tiempo ha dado la razón a la concejala y, de paso, a todas esas madres que ya nos lo advertían desde niños.

A la empresa, la negativa consistorial le supo tan a cuerno quemado que, el pasado diciembre, empapeló los buzones de la localidad con octavillas que menospreciaban a la concejala. Costa acabó presentando una denuncia por coacciones, extorsión y amenazas. El juez ordenó la retirada de los pasquines, pero estos días MIC ha vuelto a la carga, informando de su nueva oferta a todos los vecinos: no sólo realizarán gratuitamente los programas de fiestas, sino que además están dispuestos a pagar 4.000 euros por hacer el trabajo, entre otras bagatelas.

Si esta editorial se anda con tan pocos miramientos con las instituciones que les rechazan, ¿cómo serán sus métodos de presión para lograr que restaurantes, comercios y empresas de servicios pongan el anuncio de rigor en el programa de fiestas? Resulta intolerable que entidades privadas que andan por el mundo con semejante actitud arrabalera, puedan actuar en nombre de las instituciones públicas. Es necesario cortar de raíz, como hizo el consistorio de Portmany, fuera por el motivo que fuera. Las demás administraciones pitiusas deberían tomar buena nota, por si el diablo acude a llamar a su puerta.

Aunque el Consistorio no haya velado por la estética de su localidad en este inicio de temporada, llenando las calles de obras y derruyendo edificios frente a los turistas, al menos los programas de fiestas tendrán un diseño mejorado. En aras del buen gusto, convendría también que el equipo de gobierno no dejara caducar las infracciones por ruidos contra bares que pertenecen a miembros de su mismo partido. No queda bien.

El dilema, en materia de estética, es que la mala praxis se contagia. Estos días nos hemos enterado también del inicio de las obras de asfaltado de la Avinguda de Sant Josep, el principal acceso a la ciudad y la vía que atraviesan todos los turistas que llegan procedentes del aeropuerto, y de un tramo del segundo cinturón de ronda. Esta actuación, que como poco no concluirá hasta finales de junio o bien entrado julio, multiplicará los atascos ya de por sí frecuentes en temporada y, sobre todo, ofrecerá una imagen de desorganización y caos, que se podría haber ahorrado con una planificación eficiente. Para eso tenemos el invierno. Se nos olvida con demasiada facilidad que a las Pitiüses se las presupone un paraíso y en el paraíso, la cuestión estética, es la principal moneda de cambio.

Artículo publicado en el diario Última Hora Ibiza

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