Los pitiusos, hasta antes de ayer, podíamos presumir de redistribución de riqueza y calidad de vida. La fiebre del turismo, iniciada a mediados del siglo XX, acabó germinando en una economía fértil basada en el sector servicios, de la que participaba toda la población, repartiéndose más o menos a partes iguales el papel de empresarios y trabajadores. Los tiempos de la agricultura de subsistencia, el contrabando y la muda de los domingos pasaron a mejor vida.

A diferencia de otros entornos turísticos surgidos de la nada, Eivissa no fue pasto de multinacionales y grandes cadenas hoteleras. Las residentes utilizaron con cabeza la tierra heredada de sus antepasados. Edificaron hoteles y bloques de apartamentos en la costa y vendieron otras propiedades para crear negocios prósperos: restaurantes, flotas de vehículos en alquiler, pequeñas constructoras, comercios… Familias al completo vivían de estos negocios y los puestos laborales sobrantes se repartían entre parientes y vecinos de confianza. Aunque durante la temporada trabajaban a destajo, resultaba innegable que la sociedad pitiusa disfrutaba de una equilibrada prosperidad y calidad de vida.

La tendencia se mantuvo durante décadas, en paralelo al avance de la economía y la creación de nuevos núcleos turísticos. Llegaban trabajadores de otros territorios, disfrutaban de una vida mejor, ahorraban y generaban nuevos negocios y puestos de trabajo. La rueda giraba, pero Eivissa no perdía su aura de enclave mítico. Poseíamos la noche más divertida de Europa, calas inolvidables y rústicos chiringuitos donde se servían manjares dignos de reyes. La presencia ‘hippie’ de los inicios se hizo anécdota, pero legó su espíritu cosmopolita y su multiculturalidad. En aquella Eivissa, locales y foráneos, industriales y ‘clochards’, compartían tertulias de bar y amistades de por vida.

Sin embargo, en alguna etapa del camino, en nuestra historia reciente, Eivissa se ha bifurcado; ha tomado dos sendas antagónicas y el equilibrio social y esa idiosincrasia tan nuestra han comenzado a difuminarse. Es probable que el punto de inflexión lo haya marcado la jubilación de nuestros padres y abuelos, esa primera generación que creó la Eivissa turística de la nada. Según han ido traspasando poderes a las nuevas generaciones, éstas se han desprendido de los negocios o los han transformado al son de la moda pasajera. Resulta más sencillo alquilar o vender, y vivir de las rentas. De forma progresiva, aquella interminable sucesión de pequeños negocios deriva en grandes cadenas hoteleras y empresas transnacionales, que transforman chiringuitos de playa, restaurantes y comercios en negocios impersonales y globalizados, que apenas se diferencian de los de Mónaco o Miami. La isla es cada vez más rentable, pero el superávit vuela hacia otras latitudes.

Los efectos secundarios, asimismo, son innumerables. Nuestra vivienda, por ejemplo, figura entre las más caras de Europa. Ofrecer estudios universitarios a los hijos constituye un lujo casi inalcanzable y necesidades tan básicas como luz, agua o teléfono se pagan a precio de oro. Ayer mismo, Última Hora publicaba que Balears registra los precios de combustible más elevados de toda España.

La temporada, por el contrario, cada vez se acorta más y los salarios menguan. Los trabajadores, antaño autosuficientes, ya no pueden pasar el invierno sin ayudas públicas. No nos lo hemos propuesto, pero da la sensación de que nuestro modelo económico deriva hacia un mayor desequilibrio social. A este paso, en unos años habitaremos una Eivissa tan lujosa que la clase media residente no se la podrá permitir. Eso, si antes no hemos pasado de moda. Espero estar equivocado.

Artículo publicado en el diario Última Hora Ibiza

One Response to “Eivissa se bifurca”

  1. Yo soy optimista y me apena escribir siempre en negativo.
    Pero es lo que toca. Lo que expone Xescu con el corazón en la mano y la razón en la otra mano es una realidad tangible.
    La globalidad entendida en los términos del paisaje… si vas a Mali está el mismo anagrama de las grandes multinacionales. Si vas a Ibiza no se diferencia ya casi nada de cualquier otro lugar porque es la misma mercadería conocída.
    La comodidad de los autóctonos de vender a los multiglobales lo que sus padres levantaron y tumbarse a la bartola es un mal síntoma. Es el sintoma de hijos vagos y de vida cómoda, que venden a cadenas y holdings conocidos. De tal forma que estar en New york es lo mismo que Ibiza . Salvadas distancias del sol,y la hora exacta. Y alguna más.
    Si no defendemos nuestro pasado, y endemos nuestro presente, el futuro está claro, será lo que otros digan y nos dejen decir.

    No sé si es bueno o malo, sólo sé que parece la ÚLTIMA invasión de Ibiza por las grandes marcas…y los payeses serán motivo de museo étnico.

    Para muestra, hay muchos botones en iBIZA.

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