La tez demacrada por la pérdida de peso, la mirada enturbiada por el insomnio, el gesto desencajado y fúnebre, el andar solitario a pesar de la presencia del abogado defensor, la lluvia de insultos… Aquella imagen de Iñaki Urdangarín descendiendo a los infiernos por la rampa de los juzgados de Palma acabó erigiéndose como una gran metáfora de la decadencia de la monarquía española, incluso por encima del elefante abatido por deporte en Botswana.

Urdangarín tuvo la opción de haber bajado en coche, como hizo su esposa el sábado, pero los estrategas decidieron que había que afrontar el camino sin anestesia, a pelo, como una suerte de penitencia anticipada por los presuntos pecados cometidos. Aquel error de cálculo no se ha vuelto a repetir. Sin embargo, los gestores de crisis que asesoran a la Casa Real ahora se han pasado al otro extremo.

La infanta bajó la cuesta en coche, aislada del griterío plebeyo. No esperó a que el escolta le abriera la puerta. Se apeó del vehículo sin titubeos y ofreció una sonrisa radiante y prolongada a los centenares de periodistas de todo el mundo que se agolpaban en el exterior del edificio.

Paradójicamente, Cristina de Borbón, y por añadidura el clan al completo, se ha puesto en manos de Miquel Roca, un histórico dirigente nacionalista perteneciente al mismo partido que hoy clama a favor de la consulta soberanista catalana. El mismo Roca que el sábado iba un paso por detrás, cuando la infanta se detuvo frente a la entrada de los juzgados. En el umbral aguardaba otro general del ejército de letrados, Jesús María Silva, que la saludó con el mismo protocolo, simpatía y reverencia marcial con que los cargos públicos reciben a los miembros de su dinastía.

Fue toda una exhibición de coreografía gestual, al servicio de un claro objetivo: proporcionar la misma impresión que si de una visita oficial se tratara. Únicamente faltó el característico saludo con la mano blanda, ese gesto de los tiempos felices de antaño, cuando la monarquía era aclamada en la calle en lugar de silbada.

A medida que pasan los días y tratamos de digerir el gesto de la infanta, la sonrisa impostada se transmuta en una mueca fuera de lugar. ¿Qué simpatía cabe ofrecer cuando se acude a declarar en relación a una trama de corrupción, evasión fiscal y blanqueo de capitales? ¿Cómo sonreír ante la posibilidad de que al hombre al que se ama ciegamente, según se deduce de lo declarado, puedan caerle 17 años de cárcel? ¿Y qué decir si se piensa en la devastación familiar y en cómo todo esto puede afectar a los hijos? O en el incierto destino que ahora se cierne sobre la monarquía… Honestamente, esta estrategia de la sonrisa me resulta incomprensible y me recuerda a la que lucían los miembros de la delegación pitiusa y balear en el reciente congreso del PP en Valladolid, cuando en lugar de trasladar malestares parecían estar reclamando autógrafos.

La infanta y sus asesores quisieron ofrecer a los ciudadanos la imagen de estar en visita oficial a Balears. Podría decirse que casi lo logran. Sin embargo, tal y como están las cosas, es probable que sea la última. La fuga podrá contenerse por un tiempo, pero todo parece conducir a un irremediable final.

Artículo publicado en el diario Última Hora Ibiza

One Response to “La infanta, de visita oficial en Balears”

  1. Exacto en su fatalidad el texto de Xescu.
    el dibujo de apunte en limpio a carboncillo es lo más real de esta Realeza, amargada que no se entiende cómo entre ellos mismos han empezado por autodestruirse.

    Era todo como dices una pantomima que no sabíamos si era la boda, la petición de manos.
    Parecía que fuera ante juez y notairo a suscribir ante letrados que algo acababa de emprender su fin .Realmente puede que sea así.

    La pantomima de la mano floja, otro acierto de Xescu, no insufló ni ese gesto incapaz de alentar esperanzas…
    Amor real , amor de elegfante, amor al mando, amor al facil vivir…
    todo eso pareció que realmente se esfumaba…
    Chus Ojosnegros

    Responder

Déjanos tu comentario