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El pasado miércoles, el gerente de la Asociación Ocio de Ibiza, José Luis Benítez, firmaba un artículo donde, en esencia, tomaba por imbéciles a los ibicencos críticos con el actual modelo turístico. En dicha soflama, aludía a la capacidad de acogida de la isla, a la excelencia hotelera y al “puntal” que suponen las discotecas y beach clubs, al tiempo que defendía la horterada de las camas balinesas, tan en boga estos días. Su particular auscultación a la sociedad pitiusa concluía que los ibicencos “no sabemos lo que queremos”.

Antes de entrar en materia, conviene recordar a quien representa el Sr. Benítez. En Ibiza hay dos grandes colectivos vinculados al negocio discotequero, que habitualmente se llevan a tortas. El suyo está mayoritariamente compuesto por beach clubs, aunque incluye alguna sala de fiestas. Son los negocios con mayor número de camas balinesas, que sirven sushi y Moët sobre mesas ilegales y que nos ‘alegran’ las jornadas playeras con ese chunda chunda incesante que ya no estamos dispuestos a aguantar.

Parte de sus representados han protagonizado flagrantes incumplimientos y, pese a la intolerable pasividad municipal, han recibido un rosario de sanciones. Para no perder las viejas costumbres, uno de sus asociados volvió a liarla las pasadas fiestas navideñas, según hemos podido leer en los medios pitiusos.

Hay que rememorar también el hilarante episodio protagonizado por el Sr. Benítez el pasado verano, al solicitar una moratoria en la apertura de nuevos negocios vinculados a la fiesta cuando sus promotores sean foráneos, bajo el argumento de que la oferta de la isla ya “es suficiente”. Un ejemplo de los esquemas éticos que baraja el Sr. Benítez y su afición a vendernos los intereses del ‘business’ discotequero como bien común.

Arrancaba el Sr. Benítez su análisis sociológico afirmando que “ahora nos gusta menos el turista de lujo” y más “el familiar, del cual antes nos quejábamos porque se metía en el hotel y no hacía ningún gasto fuera, y el mochilero, que no contamina ni tampoco gasta, pero es divertido”.

Desconozco de qué anuario estadístico ha obtenido el Sr. Benítez semejantes conclusiones, pues no cita fuentes, pero resulta escasamente creíble que existan muchos ibicencos en contra del turismo de calidad: familias, parejas, grupos de amigos que se alojan en buenos hoteles, van a restaurantes, disfrutan de las playas, las tiendas, los monumentos y, por supuesto, se toman copas y bailan. Un segmento de turismo que llevamos recibiendo, con más o menos altibajos, desde hace medio siglo. El dilema radica al confundir ese turismo de calidad o ‘de lujo’ con la actual horda de macarras adinerados, alrededor de la que pulula un negocio estratosférico de drogas, prostitución y otras ‘delicatessen’, y que, precisamente, espanta al buen turista de toda la vida, además de dificultar gravemente la convivencia. De hecho, esos visitantes que llevan décadas entre nosotros han iniciado ya el éxodo a otros destinos donde no les perforen los tímpanos, ni les ofrezcan drogas en cada esquina, ni padezcan playas atiborradas de gente y con más mobiliario que el Ikea.

En el transcurso de su homilía, alude nuevamente al cansino argumento de los puestos de trabajo que genera su industria y a los innumerables premios internacionales que cosecha –otorgados, por cierto, por colectivos que presiden ellos mismos–. Al final habrá que darle las gracias por alimentarnos, engrandecer el nombre de Ibiza y salvar a la economía pitiusa del abismo al que nos asomamos durante casi toda nuestra historia turística, cuando el sector discotequero no era preponderante y aquí el viajero sobre todo venía a disfrutar del territorio y el ambiente pintoresco.

Sin embargo, el rizo lo riza el Sr. Benítez cuando afirma que “la Ibiza del todo vale ya no le gusta a nadie y son las instituciones las que tienen en su mano parar los excesos”. El grado de cinismo que encierra esta frase alcanza proporciones épicas. Obviamente las autoridades tienen la obligación de vigilar y hacer cumplir las normas, pero los empresarios también deben actuar con responsabilidad y no pasarse las ordenanzas por el arco del triunfo por sistema. Sabe bien que los mecanismos de control que poseen dichas entidades son extremadamente limitados en relación al aluvión de incumplimientos.

Pero el Sr. Benítez sobre todo se equivoca al apostillar que los ibicencos no sabemos lo que queremos. Muy lo contrario. Lo tenemos meridianamente claro: turistas de calidad, que aprecien y valoren la cultura, el patrimonio, la naturaleza, la gastronomía e incluso la fiesta en su justa medida. Viajeros que al subir al avión no se marchen defraudados. No se trata de que no haya discotecas, sino de evitar que la isla entera se convierta en un burdel o en un botellón sin fin, por muy cara que se venda la bebida.

Si tanto aprecio siente por el bien común y el cumplimiento de las normas, le sugiero tome como modelo a Groucho Marx y se niegue a pertenecer a un club capaz de aceptarle como socio. Tal vez entonces nos tomemos el sermón mínimamente en serio.

Artículo publicado en las páginas de Opinión de Diario de Ibiza

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