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Hace unos días, The New York Times, una de las cabeceras más prestigiosas del mundo, publicó un amplio artículo titulado “Menorca, el antídoto de Ibiza”. En sus párrafos, la pitiusa mayor era descrita como una isla desquiciada en comparación con su némesis, Menorca, “donde el aire está perfumado por el mar y los higos maduros, y donde no encontrará folletos de las discotecas atrapados en el limpiaparabrisas”.

El reportaje, entre descripciones de playas paradisíacas y paisajes libres de aglomeraciones, señalaba además que “Menorca es más adecuada para quienes prefieren una barbacoa en la playa que una noche en los clubes” y añadía que allí “el énfasis no lo ponen las tiendas ni los restaurantes pretenciosos, sino el disfrute al aire libre”.

Dos días después, la edición internacional de la revista Forbes publicó otra crónica con las “5 grandes razones para visitar Menorca y por qué te va a gustar mucho más que Mallorca e Ibiza”. El texto insinuaba idénticos paralelismos.

La visión de ambas publicaciones –alejadas del sensacionalismo–, puede considerarse un nuevo punto de inflexión en la imagen de Ibiza como destino turístico. Nos sitúan en una posición aún más débil y deprimente, que nos aleja a pasos agigantados de esa iconografía paradisíaca que, milagrosamente, hemos conjugado durante décadas a pesar de los excesos. Y nadie se ha puesto aún a escribir de vertidos de fecales, playas colapsadas y sucias, etcétera.

Ambos reportajes, no me cabe duda, ofrecen una visión parcial de la isla. A pesar de su progresiva desnaturalización, aún queda mucho territorio ligado al paisaje tradicional y a nuestra esencia cultural. Pero, en relación a nuestra imagen internacional, ha sucedido lo inevitable. El yang se ha comido al yin y hoy sólo se nos identifica con un destino disparatado del que huir como la peste, si uno busca entornos pacíficos y paisajes sedantes.

Ante la espita abierta por nuestra indiferencia, hemos permitido que unos pocos decidan por todos en función de sus intereses. A todo el que llega se le bombardea con una única visión: la fiesta. El turista medio, cuando aterriza, se encuentra con la imagen premonitoria de un aeropuerto forrado de anuncios de discotecas. Hasta hay una dentro. Camino al hotel, circula por carreteras en las que se ve rodeado de vallas publicitarias, con dioses del vinilo de mirada arrogante que a él le resultan desconocidos.

Luego va a la playa y, mientras construye un castillo de arena con sus hijos, irrumpe un enjambre de vendedores ambulantes que, con insistencia, le ofrecen cd’s de los mismos ídolos de barro. Se alternan con ruidosas comparsas carnavalescas de gentes impúdicas, que reparten ‘flyers’ y proclaman a voz en grito la próxima cita nocturna. Y, en la toalla de al lado, jóvenes ebrios y ruidosos que amontonan basura como en un botellón.

Al volver al aparcamiento, alguien ha adherido a la luna trasera del coche una pegatina redonda con una hormiga, que invita a sumarse al hormiguero (cualquier día nos la pondrán en la cara). O tal vez una ruidosa avioneta sobrevuela el cielo, mientras arrastra una pancarta con el logotipo de otro templo de la noche.
Otro día, el turista medio se detiene a tomar café en un pintoresco bar de carretera o a comprar esos tomates de color encendido que ha visto en un sencillo colmado. En esos lugares hay un inmenso mural de carteles discotequeros, que nada tienen que ver con esas personas sencillas, de mirada serena, que le atienden amablemente.

También asciende a Dalt Vila, callejea por el puerto y desemboca en un mercadillo, desde cuyos puestos le siguen vendiendo la misma música e idénticas efigies. Y aparecen, por intervalos, nuevas mascaradas como en la playa, cuyos integrantes ahora lucen tangas de lentejuelas. A la jornada siguiente, con un punto de desesperación, emprende la caminata en busca de una cala tranquila, a salvo de comparsas y vendedores. Cuando ya se ha instalado, tal vez irrumpa en el horizonte una discoteca flotante, seguida de un estruendo que enloquece a una masa danzante sobre cubierta. O retorna a esa playa rocosa que conoció de soltero y donde antaño se asentaba un modesto chiringuito ahora hay un impactante beach club rodeado de camas balinesas.

La actual omnipresencia de las discotecas comenzó siendo modesta y anecdótica. Un momento original, divertido y exótico en el transcurso del viaje. Ahora, vivimos asediados por este universo frívolo que, también desde Internet, enfanga y difumina lo auténtico que pueda quedar en la isla. Los residentes estamos tan acostumbrados que ya no nos inmutamos. Pero los recién llegados en busca de la Ibiza de siempre, sólo pueden experimentar asfixia y asedio. Cuando regresan a casa o mientras reflexionan en el avión, en lo último que piensan es en haber pisado el paraíso.

Artículo publicado en las páginas de Opinión de Diario de Ibiza
@xescuprats

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