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Hasta hace unos días no había tenido ocasión de verlo. Tampoco lo esperaba. Conducía con la mente en blanco y, de pronto, me lo encontré ahí plantado, en mitad de una cuesta, colosal, aún más grande que una iglesia, un auditorio o un polideportivo. Verlo me provocó asombro, indignación y tristeza; todo a la vez.

Que en Ibiza, con todo lo que ha llovido a lo largo de estas últimas décadas, aún se permitan aberraciones estéticas de semejante calibre es algo que no atisbo a comprender. Hay unas dimensiones razonables que conectan la medida del hombre con las características del entorno en que habita. El deber de las autoridades, en este sentido, es velar para que, dentro de un imprescindible margen de libertad, se proteja este equilibrio entre el territorio y los edificios e infraestructuras que construimos. Que haya una armonía y una coherencia. Por eso en Ibiza no tenemos un skyline neoyorquino con rascacielos oscuros como el carbón, un AVE que conecte Es Cubells con SantMiquel en dos minutos y medio o túneles faraónicos que atraviesen pueblos bajo tierra.

El Mercadona de Sant Antoni, que según parece abrirá a finales de abril, es un mamotreto de tres plantas y volumen superior a los 21.000 metros cúbicos, que se come todo lo que le rodea. Cuando el actual equipo de Gobierno de Sant Antoni aprobó una modificación del Plan General de Ordenación Urbana para ampliar el volumen máximo de las superficies comerciales, que pasó de 3.500 metros cúbicos a 25.000, sonaba disparatado. Sin embargo, mi limitada visión espacial me impedía hacerme una idea de la terrible desproporción en que se traducía. Imagino que les habrá pasado lo mismo a muchos otros residentes y ahora ya no tiene remedio.

Los gobernantes que han estado al frente de una institución siempre dejan tras de sí un legado, no necesariamente ejemplar ni cuantioso.Pero, en su día, alguien hizo posible que se conectaran por carretera pueblos aislados, llegara electricidad a las casas de campo o se renovaran las redes de alcantarillado. La alcaldesa de Sant Antoni nos deja esta mole como herencia. Algún día olvidaremos la campaña “Sant Antoni mata” y el dislate de los agentes cívicos, pero siempre tendremos el edificio Mercadona para conmemorar el tránsito de Pepita Gutiérrez por la historia pitiusa. Una estupenda tarjeta de presentación, asimismo, para las decenas de miles de turistas que cada temporada van a pasar por delante, camino a la “mágica” puesta de sol de Ses Variades.

En relación con el nuevo Mercadona, la oposición de Sant Antoni, en concreto Proposta per les Illes (PI), ha subrayado también la contradicción de realizar campañas a favor del pequeño comercio y fomentar, al mismo tiempo, la construcción de grandes superficies. A mí la campaña “Piensa en grande, compra en pequeño” me parece una iniciativa positiva y muchos comerciantes la consideran un reconocimiento a su labor. Pero, efectivamente, entra en contradicción con políticas municipales como la de Sant Antoni y otros municipios, donde triunfan los intereses de estas grandes compañías foráneas, por razones que se nos escapan a los bien pensantes.

Basta con dar la vuelta a alguno de los mensajes de “Piensa en grande, compra en pequeño” para diseñar una anti campaña con eslóganes contundentes contra las grandes superficies: “Nos ofrecen un trato anónimo y distante”, “empeoran la economía local”, “apuestan por los productos de fuera y de peor calidad”, “deshumanizan nuestros pueblos y barrios”… Incluso se podría mantener el desenfadado look “Mr. Wonderful” de la campaña actual.

En esta historia también resulta insólita la falta de moderación de la cadena promotora, aunque sea por una simple cuestión de imagen. En las grandes ciudades Mercadona suele erigir hipermercados descaradamente más modestos que el de Sant Antoni. Es como si este mastodonte fuera una metáfora del ansia devoradora con que la marca ha desembarcado en el mercado pitiuso.

Los ibicencos, como es lógico, tienen derecho a disponer de comercios de distinta tipología y precios. Es algo que reclamaban muchos residentes desde hace tiempo. Pero, ahora que ya tenemos más opciones de las que habíamos soñado, nos encontramos con que nos van a sembrar toda Ibiza de “mercadonas”. A los de Can Bellotera, Puig d’en Valls y Sant Antoni se sumarán otros dos, en Vila y Santa Eulària.

En esta isla no tenemos término medio. Pasamos de la nada al todo, sin valorar las consecuencias. Además de Mercadona, ya disponemos de Lidl, Ikea, Decathlon y Leroy Merlín, pero aún nos falta El Corte Inglés, Mediamarkt, Carrefour y un par de “alcampos”. Todo se andará. Sólo es cuestión de tiempo. Luego podemos regalar una lata de gasolina a cada pequeño comerciante y animarle a que prenda fuego a su negocio.

Artículo publicado en las páginas de Opinión de Diario de Ibiza

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