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Que la exalcaldesa de Ibiza Marienna Sánchez Jáuregui, declare que siempre actuó «de buena fe y pensando en el interés general de los ciudadanos y ciudadanas de Vila», en relación al sobreseimiento del caso de la publicidad institucional en el que estaba imputada, constituye un insulto a la inteligencia. Toma por imbéciles a las personas que depositaron su confianza y su voto en las siglas que ella representaba, y a los ibicencos en general.

El juez ha redactado un auto demoledor que, si bien señala que a Sánchez Jáuregui no pueden imputársele responsabilidades penales, apostilla textualmente que la manera en que actuó la exalcaldesa demuestra «una ignorancia y una negligencia inexcusables», especialmente para alguien «licenciado en Derecho y con experiencia». Que ahora pretenda sacar pecho cuando el juez la ha dejado a la altura del betún, es tan surrealista como previsible; un último brochazo sobre el delirante lienzo que ha caracterizado su mandato. Este vergonzoso culebrón, sin embargo, ha estado tan aderezado de conspiraciones, maniobras erráticas, dimisiones y complots de Mortadelo que, al final, los árboles no nos han dejado ver el bosque.

La conducta lamentable de la sucesora de Jáuregui, Pilar Marí, y de sus concejales; el soez espectáculo perpetrado por el edil del PREF Nacho Rodrigo y el resto de sonrojantes episodios que precipitaron la crisis institucional más grave que se recuerda en las islas, no deben impedir que atisbemos la verdad que pende sobre este asunto: la alcaldesa pactó conscientemente una fórmula para trasvasar dinero público y, una vez descubierto el pastel, trató de endosar las responsabilidades a sus subordinados. Los ciudadanos pitiusos no nos merecemos representantes políticos que actúen con tanta ligereza y desfachatez. Tenemos la obligación de exigir a las instituciones que implanten las medidas correctoras que sean necesarias para que no se vuelva a repetir. Sólo la diligencia de los funcionarios y la llegada de una alcaldesa que al menos ha tenido habilidad para amansar las aguas, han impedido el colapso del Consistorio de Vila.

Y pese a todo lo que ha llovido, hay quien no aprende la lección. El último episodio de este serial ha tenido como escenario Sant Antoni de Portmany, desde cuyo Consistorio se ha abonado la friolera de 3.613 euros para encargar la emisión por televisión del soporífero mensaje de Navidad de la alcaldesa, Pepita Gutiérrez. Su homilía duró la friolera de casi 9 minutos, frente a los aproximadamente dos que emplearon el resto de alcaldes y el presidente del Consell. A lo largo de su alocución, Gutiérrez hizo balance de sus proezas gubernativas e incluso se felicitó por hitos tan paradigmáticos como la puesta en marcha del servicio de agentes cívicos; el mismo que acabó con casi la mitad de sus efectivos expulsados por consumir estupefacientes en horario de trabajo o tener antecedentes penales por traficar con esas mismas sustancias.

Inenarrable. Lo más grave es que algunos de los personajes que han protagonizado esta escalada de barbaridades tienen la intención de volver a concurrir a las próximas elecciones, aunque sea a costa de cambiar de color político. En las Pitiüses necesitamos líderes que inviertan menos en autobombo, especialmente cuando la cuenta se paga con el dinero de todos, y sobre todo que actúen con ejemplaridad. Gente seria que, pongamos por caso, no se dedique a podar el jardín de su casa y arrojar después las ramas sobrantes a la vía pública.

Artículo publicado en las páginas de Opinión de Diario de Ibiza

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