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Desde que tengo uso de razón, y ya he sobrepasado los cuarenta, oigo hablar de combatir la estacionalidad turística y encontrar recetas para alargar la temporada. Los sucesivos programas electorales, de todos los colores, han dedicado abundante literatura al fenómeno y han aportado un amplio repertorio de soluciones, que hasta el momento no han cristalizado en resultados significativos. Hemos inventado slow breaks, logrado la declaración de Patrimonio de la Humanidad, erigido un infrautilizado Palacio de Congresos y organizado toda suerte de actividades deportivas, jornadas gastronómicas y eventos culturales. Sin embargo, ninguna de estas iniciativas ha contribuido a insuflar verdadera alegría a las pobres estadísticas de la temporada baja.

Incluso si nos detenemos a analizar alguno de los escasos eventos que percibimos como exitosos, como por ejemplo Eivissa Medieval, descubriremos que tampoco arrastran a la isla cantidades significativas de turistas. Sus cifras récord podemos agradecérnoslas a nosotros mismos, los residentes, que asistimos masivamente a estas convocatorias con tal de romper con la monotonía invernal.

La lucha contra la estacionalidad es la historia de un fracaso ininterrumpido; una piedra con la que tropezamos año tras año y década tras década. Persistimos en el error, sin atacar el problema desde una perspectiva global. El equívoco no guarda relación con la naturaleza de las actividades que todos los años se organizan como ‘gancho’ turístico –con habitual descoordinación entre instituciones, por cierto–, y que los pitiusos sí disfrutamos. Hay ferias medievales y jornadas gastronómicas por toda España que congregan a cantidades ingentes de turistas. La contradicción radica en que no tenemos suficientemente en cuenta la variable más importante: somos una isla.

La primera condición para que el turismo germine es la accesibilidad. De todos esos vuelos internacionales que en verano inundan de gente las Pitiüses, prácticamente no queda ni uno. Para un europeo, disfrutar de un fin de semana en el archipiélago representa la misma odisea que viajar a Mongolia. Mientras eso no cambie, promocionar la temporada baja en esos mercados, como tantas veces se ha hecho, es tirar el dinero.

El turismo nacional, de Madrid, Valencia y Barcelona, tampoco lo tiene mucho más fácil. Las líneas regulares, con el trasiego de ibicencos y peninsulares con segunda residencia, prácticamente se saturan. Y en el transporte marítimo ocurre algo parecido: menos frecuencias, con barcos más lentos y de peor calidad. Ante esta situación, los precios se mantienen demasiado elevados en comparación con otros destinos.

El siguiente condicionante son las características de nuestra oferta hotelera. En verano, disponemos de un amplio abanico de calidades y tarifas. En invierno, por el contrario, permanecen abiertos un puñado de establecimientos urbanos y pequeños hoteles de lujo dispersos por el interior, cuyo precio sigue siendo inadmisible para la clase media nacional; el único caladero al que en estas condiciones podemos acudir a faenar. Pese a que Ibiza acumula una cantidad envidiable de días soleados en invierno, apenas mantenemos hoteles abiertos en las playas porque no están acondicionados. Mientras, en otros destinos peninsulares de costa –como Alicante, Valencia, Girona, Galicia o Cantabria–, ocurre lo contrario y sus precios, sin exagerar, pueden representar el 50% de los nuestros.

Nuestro tercer handicap guarda relación con la oferta complementaria. Ibiza, en verano, es la isla de la fiesta, pero en invierno el ambiente se esfuma casi por completo. Sólo quienes vivimos aquí conocemos las distintas opciones de ocio. Hay suficientes restaurantes, bares, comercios y actividades para disfrutar de las Pitiüses un fin de semana e incluso más tiempo, pero la información sólo fluye a través del boca a boca. Es inaccesible para el visitante esporádico, que no recibe detalles claros y precisos sobre la cambiante oferta de la isla en temporada baja. Hay cantidades ingentes de datos sobre Ibiza en Internet, pero planificar un fin de semana de enero es misión imposible. Y lo que es peor; mientras un pequeño fragmento del sector privado mantiene viva la llama del turismo de invierno, las instituciones cada vez destinan menos recursos y vemos cómo ciertos museos y centros de interpretación reducen su actividad al mínimo, especialmente los fines de semana, que es cuando deberían ofrecer más facilidades.

A todo ello, hay que añadir la insuficiente promoción turística que se realiza para evolucionar nuestra marca y adaptarla a la realidad invernal. Como ocurre con casi todas las cosas, Mallorca, con las transferencias previstas, apenas nos deja margen de maniobra ni recursos para diseñar un plan de marketing que se ajuste a nuestras necesidades. De nada sirve organizar programas de eventos, si luego no podemos darlos a conocer en esos mercados nicho.

Mientras este problema no se afronte con realismo, estableciendo prioridades y destinando recursos suficientes, hablar de reducir la estacionalidad en las Pitiüses no representa más que una quimera.

Artículo publicado en las páginas de opinión de Diario de Ibiza

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