Cuando mi abuelo tenía cincuenta años, se voló el brazo derecho pescando con dinamita. Se llamaba Pep Marí, era de Can Botja d’en Serra (Sant Josep) y media isla conocía sus andanzas. Su popularidad obedecía a que se pasaba la vida recorriendo los caminos de Eivissa, con un pequeño camión que se arrancaba a manivela; el tercero que pisó la isla. Cuando sufrió el accidente, fue capaz de andar desde la playa de Sa Caleta hasta la carretera de Eivissa, donde le recogió un coche que le trasladó a la Clínica Villangómez.

Durante las semanas que permaneció ingresado, el cabo de la Guardia Civil, día sí y día también, acudía a interrogarle. Acumular explosivos constituía un delito, así que el abuelo corría peligro de acabar en la cárcel. El doctor, buen amigo suyo, le cubría las espaldas. En cuanto veía a los guardias, les informaba de la extrema gravedad del paciente e impedía que se acercaran a él. Incluso permaneció ingresado más tiempo del preciso, con tal de agotar la paciencia de la Benemérita.

El abuelo sobrevivió pero quedó mutilado, medio sordo y con el cuerpo sembrado de cicatrices. De pequeños, sus nietos contemplábamos boquiabiertos aquella prótesis de hierro. Parecía un artilugio infernal. En el extremo tenía una mano mecánica en posición de saludo, cubierta por un guante gris. Los domingos se la ponía para ir a la iglesia. El resto del tiempo, se arremangaba la camisa, dejando el muñón al descubierto, sin complejos. Con ochenta años aún se le marcaban las abdominales. Era puro nervio. Salía a navegar y remaba ayudándose de una cuerda. Incluso conducía un dos caballos. En cierta ocasión, el coche patinó y acabó en el interior de una cuneta. Consiguió sacarlo ayudándose únicamente de la mano izquierda, aunque acabó con la muñeca partida.

El carácter del abuelo era pura herencia genética. Su padre también se llamaba Pep y, como tantos ibicencos, se dedicaba al contrabando. Con un pequeño llaüt a vela sin motor, navegaba hasta Argel a por tabaco. En cierta ocasión, se levantó un temporal tan intenso que, según su relato, “las olas alcanzaban la altura de Es Vedrà”. El compañero de viaje, ateo de toda la vida, acabó encomendándose a la virgen. Encallaron en la costa de África, donde unos nativos les recogieron. Cuando el bisabuelo les vio encender una hoguera, pensó que se los iban a comer. Acabaron preparándoles tortas de harina sobre piedras calientes.

Anteayer volví a acordarme de mi abuelo y a rememorar estas historias y otras que no caben en una columna. Sucedió al abrir el Última Hora y contemplar una foto de Toni Marí, ‘Frígoles’, uno de los más importantes ceramistas de Eivissa. El Museo Monográfico de Puig des Molins inaugura esta tarde una retrospectiva de su obra. Hace unos años, tuve ocasión de pasar una tarde con él en su alfarería de Can Negre, con la excusa de hacerle una entrevista. No hacía mucho que mi abuelo nos había dejado y hablar con ‘Frígoles’ fue como tenerlo otra vez delante. El físico, las anécdotas, el sentido del humor, el carácter indómito…

Prácticamente en todas las familias pitiusas ha existido un personaje como Toni ‘Frígoles’ o mi abuelo. Gente que ha trabajado toda su vida sin descanso, que ha vivido auténticas odiseas para sacar adelante a sus familias. Personas extraordinarias cuya memoria deberíamos valorar y atesorar, porque es el único testimonio que nos queda de aquella Eivissa insólita, cada vez más irreconocible. Enhorabuena al Museo Arqueológico por esta retrospectiva. El protagonista, sin duda, lo merece.

Artículo publicado en el diario Última Hora Ibiza

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